Al empezar una historia, escribo cinco preguntas en el margen del cuaderno. ¿Por qué me interesa? ¿Desde qué punto de vista estoy mirando? ¿Qué detalle pequeño podría cambiarlo todo? ¿Qué puedo dejar sin decir? ¿Qué sensación quiero que quede al final? No espero tener las respuestas enseguida: las propias preguntas me ayudan a ordenar las ideas.
A veces la primera respuesta ocupa una página y la última es una sola palabra. Volver a las notas me permite apartar expectativas que no pertenecen a la historia. No se trata de resolver todas las sorpresas de antemano, sino de recordar qué estoy buscando. Siempre dejo espacio para que un detalle inesperado cambie las respuestas.


