La misma calle no se ve igual cada vez. El color de una puerta, la luz sobre un escaparate o las voces que llegan desde una plaza pueden llevar la mirada en direcciones distintas. Lo que cambia un paseo corto no suele ser la distancia, sino el tiempo que se dedica a observar.
Al doblar la esquina, un letrero conocido aparece desde otro ángulo. La puerta abierta de un patio, los dibujos del pavimento y las macetas de una ventana se convierten en pequeñas paradas. Cuando termina el paseo, la calle sigue en su sitio. Lo que ha crecido es la cantidad de detalles que apetece contar.


