Lo que queda de una exposición no siempre es la obra más grande. A veces es un color en el borde de un marco, el espacio entre dos piezas o una frase del cuaderno de un artista. Un detalle pequeño puede cambiar la sensación de toda una sala. Mirar se convierte en algo más que recorrer paredes.
Un banco en el centro invita a detenerse y volver la vista atrás. Cerca de la salida reaparece en la memoria un color de la primera sala, como si las obras mantuvieran una conversación silenciosa. La historia de la exposición no termina en la última pared. Lo que vuelve a casa es, más que una respuesta, otra forma de mirar.


