Lo primero que se ve desde la puerta abierta del taller es una mesa larga. Hay dibujos a medio hacer, papeles de colores y cuadernos a la espera de otra conversación. La historia del barrio no tiene una sola voz: cada persona añade un pequeño detalle de las calles de alrededor.
Así va tomando forma el mapa que cuelga en la pared. Un árbol que da sombra comparte espacio con un escaparate que apenas ha cambiado con los años. El atractivo de la ruta no está en llegar lejos, sino en mirar de nuevo los lugares de siempre. Al salir del taller, la calle conocida empieza a sentirse un poco distinta.


